jueves, 18 de junio de 2015

EDUCACIÓN ESCOLAR Y VIOLENCIA


Educación escolar y violencia





Dr. GUILLERMO MARTÍN RODRÍGUEZ

Psicólogo-Periodista – Avila (España)


Prólogo


Cuando se habla de escuela se piensa, generalmente, en el alumno, en el niño, sujeto de enseñanza, discente. Luego viene el profesor, el docente, o, más modernamente, el enseñante. Detrás de ellos hay toda una estructura que va desde el edificio-escuela, a las aulas, al material escolar, a los libros –que  aún deben ser comprados por el alumno- hasta el Ministro de Educación y Ciencia, pasando por los diversos Inspectorados provinciales, y, hoy, también – en España- por las competencias de las diversas Autonomías regionales en materia de Enseñanza. Además existe también toda una normativa que regula – o debería hacerlo- los compicados vericuetos burocráticos del mundo estudiantil, que empieza en la educación «pre-escolar» hasta la enseñanza universitaria e, inclusive, más allá.


Hablo de mundo estudiantil porque, ciertamente, sin chavales, sin estudiantes, los profesores no tendrían razón alguna de existir. Esto que, a primera vista, puede parecer -y perdón por la palabra-, una «perogrullada», a mi modo de ver no lo es tanto puesto que nos ayuda a definir criterios y a percibir con claridad dos elementos esenciales: el sujeto de la enseñanza y el objeto, es decir, los  denominados contenidos de la enseñanza misma. Luego, como asomándose a una esquina de la calle, a medio cuerpo solamente, aparecen los padres. Éstos constituyen un grupo especial que, a lo largo de la historia, no ha contado mucho; yo diría que, más bien no ha tenido “ni voz ni voto” precisamente en un asunto tan delicado como es la enseñanza de y educación de sus hijos por parte de las instituciones del Estado.


Mundo estudiantil, alegre, libre y juguetón

 Hoy ya se van dejando ver y oír algo más a través de Asociaciones de Padres de Alumnos, Apas, y otras semejantes. Pero la eficacia real de sus intervenciones sigue siendo muy escasa o, incluso, nula[1], pues están muy politizadas y muy marcadas por ideologías de partidos que nada tienen que ver con la auténtica formación y educación de sus hijos.



Año 1749. Se llamaba Lorenzo Peñaranda Vezno, sacristán, organista y maestro de niños en esta villa de San Leonardo. Escuela Rural - San Pedro de Arlanza – Castilla y León – España -(Tomado de la Web “Inquietudes Populares”)


Estos, -alumnos, docentes y padres- son los elementos base, el trípode sobre el que se apoya toda la estructura escolar. Los tres son, en cierto modo, pilotados, a mayor o menor distancia –pero siempre distancia, con todo lo que ésta implica especialmente de desconocimiento de la realidad concreta de la escuela- por el régimen o sistema político de turno, encarnado en un Ministerio -de Educación y Ciencia, o de Educación, Cultura y Deportes, como ahora se le llama en España-; sistema político o partido que quiere pasar a la historiua dando su nombre a la «mejor reforma de la enseñanza» -eso creen ellos- del País, y que «copian los demás Países de Europa». Reforma realizada según criterios ideológicos y de partido; según las conveniencias de producción y desarrollo; según las exigencias de expansión y de mercado. Reforma en la que cuenta más la camisa que quien la lleva puesta.

Lo que está fuera de toda duda y es más que sabido por el ciudadano de a pie, es que en la «mejor reforma de la enseñanza»  no solamente no han intervenivo ni participado, sino que ni siquiera han sido consultados  los padres, los docentes ni, en la medida de lo posible, conveniente y oportuno, los mismos estudiantes. ¿No les parece a ustedes, colegas y amigos, que en todo esto se esconde una forma clara de violencia que puede impregnar -y de hecho impregna- el mundo de la enseñanza?

Pero no es este el tipo de violencia que yo quisiera proponer a vuestra consideración, aun cuando no estaría de más tenerlo como telón de fondo.


La violencia en la Escuela y alrededores


Antes de entrar de lleno en el tema que nos interesa, es decir, «educación escolar y violencia», debo decir honestamente que mi relación no es el resultado de una investigación llevada a cabo con rigor científico, fórmula que estaría más en consonancia con la usada en la exposición de casi todos los demás temas de este Congreso[2].




Isla Tiberina, Roma, ocupada casi por completo por el Hospital Fatebenefratelli, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, lugar en el que se celebró este Congreso.


Se trata simplemente de una reunión de pensamientos, de reflexiones, fruto de la observación y de la experiencia, que les ofrezco a ustedes sin pretensiones especiales, y que se presenta, más bien, como “cajón de sastre”, donde hay de todo, casi todo ello inútil, pero donde uno espera encontrar siempre algo que sea aprovechable. Pues bien, con la intención de que sirvan para algo -o para alguien- les progongo estas consideraciones, desordenadas ciertamente, pero expresión clara de una preocupación verbalizada en estas líneas.


¿Han notado ustedes con cuánta desenvoltura y descaro se ha pasado, en nuestro vocabolario escolar, de «maestro» a «profesor»? Hay que decir que ambos vocablos son considerados, en cierto modo, sinónimos. Pero  la realidad es que se les aplican connotaciones muy diversas, por lo que no se les puede considerar tan sinónimos. Por otro lado, los sinónimos son tales porque difieren precisamente en alguna connotación


Dejando aparte etimologías y semánticas, creo que se puede hablar del «maestro» en los términos en los que le definió Don Cristóbal Suárez de Figueroa (Valladolid 1571 - Nápoles 1639?) en su obra «Plaza Universal de todas las Ciencias y Artes», escrita en el año 1615, donde se lee lo siguiente: «Han de ser los buenos «Maestros» como lucientes espejos de crianza, gravedad y buenas costumbres, para que sean el blanco donde los estudiantes tengan de continuo puesta la vista».  En este sentido y desde esta perspectiva ha sido visto siempre por el pueblo. El Maestro encarnaba no solamente el saber y la capacidad de enseñar lo que él sabía, sino también la honradez, la prudencia, la moralidad, la bondad. En una palabra, debía ser el orientador, el guía, un punto fijo de referenzia, un dispensador de seguridades, un modelo, un moldeador de la personalidad de sus discípulos sin subyugarlos, un pedagogo y un psicólogo, un hombre intachable y ejemplar, una persona en la que los padres de los niños han depositado toda su confianza: Un Maestro.


Hablando precisamente del Maestro de Capilla, nuestro Diccionario de Autoridades[3], se expresa de esta   manera:  «Y porque es él que adiestra y guía a los demás en el canto, se lo dio el nombre de «Maestro». Todo esto y mucho más ha sido el Maestro y se ha dicho de él.





Foto donada por Rafael Colino

“Maestro de escuela. Mi padre, en la única escuela de niños de Villayuso de Cieza (Cantabria) en 1961, aparece a la izquierda de la foto. Llegó a tener hasta 55 alumnos de todos los cursos en una misma aula. Aquello sí que era entrega”.


Si el  «Maestro» es definido como «aquel que sabe y enseña cualquier Arte o Ciencia», el «Profesor», en cambio, es «aquel que ejerce o enseña públicamente alguna facultad, arte o doctrina». Su etimología deriva del latín profiteri, cuyo participio pasivo es professus. Su significado es ‘declarar abiertamente’, ‘hacer profesión’; profesor, derivado etimológicamente del latín professor –oris, ‘el que hace profesión de algo,  de ahí profesión, profesional. Como se ve, tiene mucho que ver con oficio, algo que se transmite, que se enseña[4]. De todo esto se deduce que el profesor es, más bien, un profesional de la enseñanza, lo que no quita para que haya profesores que actúen como verdaderos maestros en la transmisión de valores éticos, morales y sociales, de virtudes y  actitudes espirituales, que sean unos auténticos humanistas en el sentido pleno y clásico de la palabra.


El Maestro es fundamentalmente Educador, que enseña e introduce también a los niños en todas las materias escolares de una manera que podríamos definir propedéutica. El Profesor, en cambio, es sobre todo Docente, y enseña algunas materias concretas, de ciencias o letras. Sus alumnos no suelen ser niños, sino adolescentes o jóvenes. El Maestro ha sido único durante muchos años y lo es aún en muchas partes del mundo y en muchas escuelas. Se ocupaba de niños de 6 a 14 años y desarrollaba el programa de todas las materias y de los diversos grados según las edades de sus alumnos. El Profesor era y es miembro de un Cuerpo Docente que, en el Bachillerato, imparte una materia o dos pertenecientes a su especialidad.


            Pero la realidad es que el pueblo, en general, ha sabido muy poco de profesores. Estos han sido considerados siempre hombres de ciudad y de Universidad;  más conocidos que los maestros, indivualmente hablando. Esto era debido a sus escritos o a sus conferencias, pero menos conocidos a nivel de grupo o gremio profesoral. El concepto «profesor» ha tenido, para el vulgo raíces menos profundas. Su ciencia, su intelectualidad lo ha mantenido alejado de la gente sencilla, que puede, tal vez, admirarlo, pero no entenderlo, por lo que no es un modelo fácil de  seguir, ya que es casi un desconocido, y por ende,  menos asequible y por lo tanto inimitable. Su influencia en la masa es menor, aunque más intensa y transcendente en determinados niveles como el ideológico, el político, el científico y, en algunos aspectos, también en el social.


En una palabra, no es fácil para el hombre de la calle identificarse con el «Profesor». Esto no significa que un Profesor, como hemos dicho poco antes, no tenga las cualidades que nuestra gente pedía –y pide- al Maestro, y que ha admirado siempre en él. En determinadas occasiones Maestro y Profesor coinciden en la misma persona. En efecto, ha habido épocas en que Universidades concretas sobresalían de las demás porque en sus aulas enseñaban profesores definidos Grandes Maestros, magníficos pedagogos y humanistas, hombres doctos en letras humanas, capaceas de entender y hablar del hombre al hombre. Pero a pesar de esto, no es posible confundir ni equiparar, en toda su extensión y profundidad, Maestro y Profesor. Es un dato de hecho que, todavía hoy, certa connotaciones siguen siendo diversas en ambos modelos, ya que son diversas las expectativas depositadas en ellos por los diversos grupos sociales con los que están en contacto.


Una pequeña curiosidad. Según Juan Corominas[5],  la palabra «Profesor» aparece en nuestra lengua, de manera documentada, en el año 1490; en cambio, la palabra «Maestro» era usada ya en documentos del año 993, es decir, cinco siglos antes.



            Prof. Manuel García Morente (1886-1942)[6]


La palabra «Enseñanza» está substituyendo cada día con masyor fuerza a la palabra «Educación». Se puede decir que, en cierto sentido, son usata como sinónimas. Pero encierran connotaciones y matices que las hacen inconfundibles e inequiparables. «Educación» es definida como «Acción de educar. Crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y a los jóvenes». Por su parte, «Educar» es «Dirigir, encaminar, doctrinar; desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño y del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc.»


La «Enseñanza», por su lado, responde al «sistema y método de dar instrucción» –en Italia el Ministerio se denomina de Instrucción Pública-. «Enseñar es instruir, adoctrinar, amaestrar con reglas o preceptos, comunicar o transmitir ciencia, saber, conocimientos especiales o generales sobre una materia»[7]. Estas definiciones, que corresponden al uso y contenido dado por los hablantes, parecen indicar claramente que la  «Educación» hace referencia al desarrollo total, completo, integral, del hombre, a los valores y a las cualidades del ser humano en cuanto tal, mientras que la «Enseñanza»a del hombre en forma parcial, al desarrollo de algunas facultades y cualidades concretas del hombre como instrumento propio de desarrollo. Todo esto se podría sintetizar de esta manera: Cultura versus Civilización, donde no hay exclusión de la una por la otra, pero donde sus expresiones  tienen connotaciones que las distinguen.


Mi profesor de Hª de la Cultura, D. Alfonso Querejazu Urriolagoitia[8], hombre espiritual e intelectualmente excepcional, sacerdote eminente de vocación tardía -fue ordenado a los 42 años- , eximio «Maestro», filósofo, humanista y pedagogo, definía la cultura como «un sistema de actitudes ante la vida que tenga sentido, coherencia, eficacia»[9]. «Cultura es el intento de llevar a la perfección posible la interpretación de la vida humana, considerándola desde el punto de vista de la humanidad toda, en cuanto esta forma una unidad y un conjunto reales y efectivos». También es cierto que no toda la Historia es Cultura, pero la Cultura es lo mejor de la Historia, lo que de ella nos importa. Porque Cultura es la suma de significaciones y acontecimientos y figuras que, dentro de lo histórico, se destacan con un doble valor de universalidad y perennidad.




Don Alfonso Querejazu Urriolagoitia (1900-1974). En un café de Ginebra, Suiza,

Representante de Bolivia ante la Sociedad de Naciones. Año 1933


            Precisamente, la narración verídica de estas actitudes del espíritu en lucha con la naturaleza y el estudio de su desenvolvimiento en el espacio y en el tiempo constituyen el objeto de la Historia de la Cultura. Por eso se ha definido la Cultura de manera estricta diciendo que tiene dos dimnensiones fundamentales:  una vertical, dogmática, de principios estables y fijos (valores humanos y morales), y otra horizontal, de continuidad, progreso y tradición. La Cultura sólo existe cuando existe en función de estas dos dimensiones. O sea que no hay más Cultura que aquella que inserta en la afluyente horizontalidad del progreso la verticalidad de unos dogmas fijos y estables. De ahí que, contra todo escepticismo y relativismo, sea menester afirmar que la Cultura es una entidad fija y estable.


La Cultura es pues la conciencia de solidaridad y de lealtad en que vive la mente de un hombre o de un grupo humano, que la une a los otros hombres. Esta es la comunidad moral que forma la humanidad por encima de la sucesión de las épocas y de la división de los pueblos.


Por último, añadir que Cultura viene del latín colo, colere, cultum, cultivar en sus diversas acepciones, partiendo del cultivo del campo –agricultura- y pasando luego de forma metafórica y figurada al resto de significados y contenidos semánticos. En este contexto se refiere al hombre culto, cultivado, formado, que ha desarrollado sus facultades a través de la educación.


Civilización, en cambio, viene de civitas, civilitas, civis, y se refiere a la manera de ser urbana (urbanidad, como contraria a la villanía, a la paganía) y no es más que el conjunto de técnicas, de medios de aprovechamiento y dominio de las fuerzas de la naturaleza; es pues un instrumento o medio de cultura. La civilización implica el concepto de progresión. Como bien decía Aristóteles «progresar» es marchar hacia adelante, y si esto se ha de aplicar a la sociedad en sentido razonable, sólo puede significar marchar hacia la perfección. «Cuando la sociedad se perfecciona, afirma Don Alfonso Querejazu, progresa, cuando pierde de su perfección retrocede»[10].


Habría mucho que decir en este campo a propósito de la Cultura y de sus manifestaciones, de las tradiciones culturales y de la forja de nuevos modelos de Cultura, sin que por ello se rompa con algo tan esencial  e inmutable como es –ya lo hemos dicho- su universalidad y perennidad.


A la luz de lo dicho sobre Cultura y su dimensión humana y social puede deducirse el impacto que la desaparición de la figura del Maestro puede haber provocado en el ámbito escolar y, por ende, familiar, pues pierde un punto de referencia y de apoyo incomparable por lo cercano como persona altamente significativa tanto para los niños, los escolares, como para los padres. Con él ha desaparecido una fuente inagotable de serenidad y al mismo tiempo de seguridad en la orientación hacia un futuro cargado de esperanza.


Finalmente, la palabra  «Estudiante»   -aquel que estudia-   está  substituyendo  a  la  palabra «Alumno». El contenido de este vocablo se define así: «Persona criada y educada desde su infancia por otra, en general un Maestro». Cualquier alumno respecto de su Maestro, de la materia que está aprendiendo o de la escuela o clase, colegio o universidad donde  estudia. Lo mismo sucede con la palabra «Discípulo», definido como aquella persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un Maestro. Se aplica el mismo vocablo a aquellas personas que siguen las opiniones y doctrina de alguna escuela, aunque no hayan sido de su tiempo, y viva en momentos históricos muy posteriores al maestro o maestros que las establecieron como los discípulos de Sócrates, Platón, Aristóteles o Santo Tomás de Aquino, por citar algún ejemplo.


Como hemos dicho anteriormente, aunque éstas son palabras usadas a menudo como sinónimos, hay en su contenido connotaciones muy diferenciadas que las distinguen por completo. La palabra estudiante con respecto a alumno y discípulo, y estas dos entre sí ofrecen diferencias en sus contenidos semánticos, como puede verse en las definiciones que hemos aportado de cada una de ellas. No obstante, conviene admitir que los vocablos alumno y discípulo, a juzgar por las definiciones aducidas, son bastante semejantes, sinónimos podríamos decir, en el sentido expuesto más arriba.




Julian Marías Aguilera ‘Insigne Maestro en Humanidades’

Valladolid, 17.06. 1914 – Madrid, 15.12.2005


Pero ¿qué es lo que ha sucedido? ¿Qué tipo de transformación se ha verificado y en qué esferas de la personalidad  «individual» y «collettiva» para que al «Maestro» no se le llame ya «Maestro» sino «Profesor»? Piensen ustedes que, hasta hace pocos años, el lugar donde se preparaban nuestros Maestros era conocido como «Escuela Normal de Magisterio». Hoy, en cambio, su nombre es, más o menos, Escuela Superior de Formación del Profesorado de Enseñanza General Básica. A esto hay que añadir también que nuestras «escuelas» no se llaman ya «escuelas» sino «colegios». ¡¡¡Ya es decir!!! ¿A quién se le habrá ocurrido semejante desatinado ataque no sólo a la tradición, fiel conservadora de contenidos que debieran parmanecer inalterados, sobre todo cuando lo novedoso no lo mejora ni sublima, sino también a la realidad en sí que ha sido vaciada vergonzosamente de su contenido verdadero, prostituyéndola y dejándola mal vestida y desgarrada a la esquina de una calle extraterrestre, sin nombre y sin personalidad.


Reflexionando un poco sobre el pasado, tanto remoto como próximo, se puede afirmar que se ha llegado a esta caótica situación en la que se encuentra la enseñanza -o la educación- en nuestro País (España) –y no solamente en nuestro País- a causa de un cúmulo, tal vez inevitable debido a las miserias de los humanos, de errores, agravios, deshonores, violencias, venganzas e incluso desamores. Sedimentos malolientes y contagiosos, por desgracia, que han sido  -y son- fraguados, sin mucho disimulo, en las altas esferas de la política, donde ideologías contrarias, baronías universitarias, nombramientos a dedo para puestos de gran responsabilidad y transcendencia, a pesar de las exiguas capacidades de los indicados. Pero dejemos esto por ahora así, pues como

dijo Don Quijote: «Peor es meneallo, Sancho amigo».




Don Quijote y Sancho conversando apaciblemente en el bosque,

representación bucólica de actividad anti-violencia de todo tipo.


Y ahora recorred conmigo, brevemente, los senderos y encrucijadas donde, simbólicamente, han tenido lugar los encuentros de cuatro personajes clave: ministro-maestro-discípulo-padres. Non importa el orden en que puedan haberse realizado estos encuentros.


            Se ha pensado siempre que el Maestro era –debía ser- un hombre con vocación para la educación y para la enseñanza de niños. No se pensaba en la mayoría de los casos, que un hombre pudiera llegar a hacer de su magisterio un «modus vivendi». Ciertamente este servidor de la cultura y forjador del futuro de las diversas sociedades y estados en su elemento más prometedor, el infantil, depósito de esperanzas siempre renovado y renovable, nunca ha sido bien pagado. Un proverbio español ilustra muy bien la miseria y la necesidad de una persona con estas palabras: «Pasa más hambre que un maestro de escuela».


 A  pesar de todo, ante los alumnos y ante sus padres, el Maestro ha gozado siempre de gran autoridad moral. Los padres de los alumnos le daban prácticamente  carta blanca en lo referente a castigos y puniciones físicas.  En cuanto a castigos, puniciones y escarmientos se refiere, había otro proverbio español, muy popular, pero que en la actualidad nadie osa referirlo, so pena de ser tachado de retrógrado y cruel, que rezaba así: «La letra con sangre entra» (S’impara il verbo a suon di nerbo, traducción italiana de la frase española que encontramos en el Don Quijote y que veremos más adelante, entendiendo como nerbo el látigo).


Conviene tener presente que el lema del Liceo clásico Pietro Colonna, de Galatina, pequeña ciudad de la provincia de Lecce, en la región italiana de la Apulia, era, según recuerda Aldo Bello (1937-2011), periodista, escritor y poeta italiano, nacido en esa localidad y que estudió en el citado Liceo, el lema de éste, decíamos, era precisamente: «Qui si impara il verbo a suon di nerbo». Proverbio muy conocido y usado en el centro-sur de Italia, así como en Sicilia y Cerdeña.




La letra con sangre entra

Cuadro de Francisco de Goya, pintado entre 1780-1785

Óleo sobre lienzo * Neoclasicismo

Museo de Zaragoza – España


En esta obra, Goya (1746- 1828) realiza una crítica al sistema educativo de su época mostrando una pequeña escuela en la que el maestro aparece sentado a la izquierda con un perro a sus pies mientras azota a un alumno con las nalgas al aire e inclinado para recibir el castigo. A la derecha se distinguen otros dos alumnos que acaban de recibir el castigo mientras otros se enfrascan en su tareas. La verdad es que esta frase ha sido a lo largo de varios siglos motivo de mofa y burla por parte de algunos literatos y pintores. Vamos a citar, a este propósito, un pasaje del Quijote donde se alude a esta frase:


 Preguntó la duquesa a Sancho otro día si había comenzado la tarea de la penitencia que había de hacer por el desencanto de Dulcinea. Dijo que sí, y que aquella noche se había dado cinco azotes. Preguntóle la duquesa que con qué se los había dado. Respondió que con la mano.

—Eso —replicó la duquesa— más es darse de palmadas que de azotes. Yo tengo para mí que el sabio Merlín no estará contento con tanta blandura: menester será que el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las de canelone, que se dejen sentir, porque la letra con sangre entra[11], y no se ha de dar tan barata la libertad de una tan gran señora como lo es Dulcinea, por tan poco precio; y advierta Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada.




Los azotes de Sancho
R. Golding por dibujo de Robert Smirke (1752 – 1845)


En un pueblecito, en una aldea e incluso en pueblos grandes, el Maestro daba consejos no solamente a los niños y a los adolescentes, sino a todo el que se los pidiera y a los padres, a las familias. Compartía con el sacerdote del pueblo este oficio de consejero y confidente de las gentes de la localidad. Tanto al Maestro como al Párroco se les llamaba ‘Don’. Según el Diccionario de la Real Academia Española, el tratamiento don proviene del latín domĭnus (propietario o señor), término que también dio origen a la palabra dueño. Tratamiento deferencial de respeto y cortesía, de origen hispano, que se utiliza antepuesto al nombre propio de determinadas personas, consideradas significativas en las micro-sociedades constituidas por las comunidades rurales esparcidas a lo largo y ancho de la geografía hispana. La función y el papel en la sociedad, sobre todo campesina,  de estas dos personas, representantes de dos instituciones diversas pero complementarias, fue considerado siempre muy importante y al mismo tiempo transcendental.


La distancia fìsica, pero sobre todo moral, del Ministro y de sus agentes, la falta de medios de todo tipo para realizar su trabajo en condiciones elementalmente aceptables, la burocracia, la escasa estima en que han sido tenidos los Maestros durante siglos, y muchas otras cosas, han creado enormes cúmulos de posos amargos, que, antes o después, se elevarían hasta la superficie, enturbiando aguas aparentemente tranquilas.


En muy poco tiempo se ha verificado un cambio radical. «El Maestro ya no se va a llamar Maestro sino «Professore»,  dijo  un  buen  día  el  Ministro  de  «Educación  y  Ciencia». El  Maestro aceptó  con sumo gusto -¿renuncia? ¿resignación? ¿cansancio?-. Casi simultáneamente, el alumno, o mejor dicho, el estudiante, ha empezado a considerar persona menos significativa que antes al nuevo «profesor». El Maestro es substituido por el Profesor. Si, por  un lado, el primero hacía referencia a una persona socialmente significativa, introyectada por siglos de tradición escolar en la que la relación Maestro-Discípulo había ido consolidándose y llenándose de contenidos y connotaciones que iban mucho más allá del puro aprendizaje, el segundo en cambio, el Profesor, era nuevo como persona y como figura para la gran masa de la población escolar que va de los 6 a los 14 años, más o menos.  El Maestro desaparece con todo ese enorme bagaje  de que hemos hablado, y que constituía  un auténtico caldo de cultivo en la relación docente y educativa, en campo escolar y parental.


Los medios de comunicación, a través de la moderna tecnología mediática, que iba evolucionando a pasos agigantados, proponían al adolescente nuevas informaciones –sin que se apercibiera de los mensajes «subliminares» que deslizaba intencionadamente en su mente, contaminando al mismo tiempo su imaginación- diversas, en el fondo y en la forma, de las que  había recibido hasta ese momento del Maestro, del Párroco –otra figura  considerada de primer plano- y de los mismos padres. Las barreras de la censura cayeron aparatosamente. Por tanto, había que adecuarse a los nuevos tiempos. El «nuevo profesor» escurre el bulto y se repliega hacia formas de intervención sobre los alumnos mas asépticas, menos comprometidas y menos comprometedoras.


Esta nueva figura percibe una especie de agresión a su autoridad, al natural  liderazgo propio del personaje que representa. Los alumnos, justamente, lo desconocían, no veían en él al Maestro de siempre. Ya no es considerado, ni en el fondo ni en la forma, un guía por los alumnos. Le llaman de tú, no de usted, como trataban siempre al Maestro. Durante un tiempo su autoridad ha quedado circunscrita a lo puramente académico: los exámenes, las notas, las evaluaciones, fuentes de ansiedad y miedo. Más adelante, ni siquiera eso. Su malestar, aunque de manera indirecta, lo orientaban hacia los estudiantes, y directamente contra las autoridades estatales, contra el Ministro y su entorno de secretarios e inspectores.


La huelga sindical es su forma favorita de lucha. Con ella pretende sobre todo conseguir mejores salarios, aunque en los carteles de las manifestaciones no aparezcan freses referentes a este detalle y nden la impresión de que se hace la huelga por otras razones más altruistas y generales y menos crematísticas. Pero  la huelga implica, normalmente, ausencia del trabajo, de eso se trataba. Eso quiere decir que la huelga de profesores cierra aulas, deja a los chicos en la calle. Los padres protestan contra estos metodos que dejan  a los estudiantes en las vías públicas a merced  de la calle y de sus insidias, muy abundantes en el día de hoy. Ya el hecho mismo de suponer que la educación pueda ir a la huelga pone los pelos de punta. Es como si uno quisiera impedir la respiración a una persona, privándole de la posibilidad de sobrevivir. Todo por una protesta inçutil e ineficaz, como si la educación pudiera levantarse en huelga o irse de vacaciones. Como se ve se la quiere violentar también.


                     

      La huelga se celebró  el 22.5.2012                   Diario Axarquía.com/ del sureste de              Como se ve, detrás de todo este

                                                                                  Málaga Ed. digital del  22.05. 2012                movimiento, hay un claro juego de                

                                                                                                                                                             Politización e ideologización pilotado

                                                                                                                                                             por los sindicatos.          

                                                                                             

Viendo estas tres fotografías, publicadas, entre otras muchas, con motivo de la huelga general del 22 de mayo del año 2012, viene espontánea una pregunta llena de incógnitas: ¿Qué saben los jóvenes, qué idea tienen sobre la huelga general de la Educación? Reproducimos algunas de las respuestas recogidas entre los chicos de las escuelas de la localidad por la redacción del citado Diario Axarquía.com :


-Antonio Guerra

“En el Salvador Rueda nos hemos puesto de acuerdo. Algunos profesores pusieron examen para que no vayamos”.


Clara Franco

“Mi madre está de huelga y mi padre también, que trabaja en la educación, así que yo lo estoy. Es por los recortes”.


Cristina Zamora

“En el Almenara hay maestros y alumnos, bastantes. Estoy por los recortes del Gobierno, y en las becas”.


Salvador Marín

“Muchos compañeros han ido a estudiar. Los maestros se iban a ir, no querían trabajar, entonces, nos hemos ido”.


Ismael González

“Como dicen que hay huelga general en España, pues por eso yo no voy a clase, como otros compañeros”.


Daniel Ávila

“La mayoría en el Almenara están en huelga, porque han bajado los salarios de los profesores y algunas becas”.


Antonio Jesús Santiago

“Es por los recortes de los maestros. Mis compañeros han decidido que no iban, para tres maestros que había...”



Dicho esto a modo de inciso, cada uno saque las conclusiones que crea conveniente. Se puede decir, con ironía y hasta de chunga y con sorna, que a propósito de la huelga, “arma democrática” por excelencia de las democracias modernas, hay quienes están a favor de ella y quienes están en contra; los que están a favor la afirman y los que están en contra la niegan.


Una ‘perogrullada’ tremenda lo que acabo de decir, claro,  pero que encierra su intríngulis, puesto que tienen razón tanto los sostenedores como los detractores de la misma. La legitimidad de su raciocinio (positivo o negativo) depende de la conciencia y responsabilidad, de la defensa de los valores morales y humanos, de los derechos de la persona y de la sociedad y de los derechos del pueblo, que lealmente y en conciencia defienda y cómo los defienda. No olvidemos que el vocablo democracia -gobierno popular- está compuesto por dos palabras griegas dêmos = ‘pueblo’, y kratëo = ‘yo gobierno’ (gobernar).


No se puede pasar por alto tampoco que de  dêmos deriva también ‘demagogo’, ‘demagogia’. ‘Demagogo’ es el que conduce al pueblo, que capta el favor del pueblo, el adulador del pueblo y el falso alimentador de sus sinceras ilusiones. Este es un vocablo archiconocido. Y todos conocemos su contenido de engaños, de promesas no cumplidas, de embaucación, de tomadura de pelo. El oficio de demagogo es típico de los políticos, de los sindicalistas, de todos aquellos que desean conseguir algo de parte de las multitudes y las arrastran con promesas que puntualmente luego no cumplen. Las masas son fácilmente sobornables con buenas palabras y halagüeñas promisiones, que se quedan es eso y de ahí no pasan.


La demagogia, llevada a la escuela en nombre de una democracia unilateralmente entendida, es siempre algo detestable, maligno, deleznable, deshonesto, rastrero, inhumano, violento, pues tiene que ver con el sector más indefenso de la sociedad: la infancia y la adolescencia. ¿Cabe violencia más injusta y odiosa?



           “Mi madre está de huelga y mi padre también, que trabaja en la educación,



Es cierto también que la familia de hoy no es la de antes. Pero esto no quiere decir que esté preparada para absorber los actuales «bandazos», tal y como vienen dados en la actualidad, sean de tipo social o económico, de carácter moral o ético, de valores humanos, de pensamiento único o de implantación relativista.


Los padres, ciertamente, no se oponen al aumento del salario del docente. Pero se quedan estupefactos, atónitos, ante el hecho de que las crisis provocadas por el sector docente se reduzcan, casi exclusivamente, a una pura cuestión crematística, de dinero. Los enseñantes suelen decir que los medios de que disponen para realizar su trabajo son escasos, y además precarios; que los sistemas educativos y los contenidos propuestos  por las diversas leyes de enseñanza son arcaicos, ineficaces, inadecuados, si tenemos en cuenta los tiempos que corren.


Los docentes afirman también, aunque sin mucho convencimiento, pues en el fondo no se creen capacitados del todo para hacerlo ellos, que tales sistemas o planes educativos -mejor sería decir de contenidos de textos- que han sido estudiados, elaborados, programados y aprobados, en torno a una mesa, por un grupo de políticos, no de técnicos de la enseñanza ni de docentes madurados en el sector después de una larga vida de estudio y de experiencia práctica precisamente en el sector de la docencia en consonancia con las exigencias actuales, por parte de la sociedad, de sistemas y contenidos.


No dejan de afirmar también, y en esto tienen toda la razón, que la enseñanza -no la educación- y su verdadera reforma debería estar en manos de pedagogos, de maestros, de psicopedagogos, de humanistas, y no de políticos ocasionales e ignorantes en la mayor parte de los casos.

Esto es verdad, ciertamente. Pero las reivindicaciones de los docentes, en general, han tenido siempre un fuerte carácter económico, más que de contenidos escolásticos o de protesta por la inadecuación de los planes de enseñanza, o de petición de profundas reformas estructurales, de sistemas y de contenidos.


Hasta ahora no han existido grupos de docentes, decididos y competentes, que hayan constituido comités, que, fuera del trabajo escolar, analicen posibles reformas y planes de educación y enseñanza más adecuados a los tiempos presentes, con la intención de presentarlos a las autoridades competentes, y contribuir de este modo, con su propia experiencia y preparación técnica, a mejorar los sistemas educativos y de docencia. Se tiene la impresión de encontrarse en presencia de una especie de rebelión inconsciente del nuevo profesorado -imagen pálida y difuminada del viejo magisterio- contra siglos de  marginación y olvido. Es un modo de responder a la violencia del pasado con la nueva violencia del presente y también del futuro.


Otro campo de violencia escolar es el de la batalla de la escuela privada (sea concertada sea absolutamente privada) para poder sobrevivir en un ambiente que no le niega el derecho a existir, pero que le niega los medios de subsistencia más elementales, especialmente a la concertada. De esta manera la escuela privada se hace cada vez más selectiva, más clasista, menos popular. (Dicho entre paréntesis, ¿no se la podría llamar también menos democrática?).


Los padres, diligentes cumplidores del deber de pagar los impuestos, sobre todo los trabajadores dependientes, expresan manifiestamente su derecho a llevar a sus hijos a una escuela de su confianza, libremente elegida por ellos, que no tiene que ser necesariamente estatal o pública. No se puede pasar por alto y menos aún olvidar,  que la escuela privada debe su  existencia, en gran parte  y sobre todo en un pasado no muy lejano, a la falta de organización y de estructuras escolares por parte del Estado.


En este campo, una vez más, la adelantada, la pionera fue la Iglesia, y desde tiempos remotos, medievales podemos decir, mal que le pese a la izquierda, chillona e ignorante, que ha querido apoderarse siempre de la parte más vanguardista de la educación, cuando lo que ha aportado y aún sigue aportando es un materialismo puro, sin horizontes, sin espíritu, carente de la visión humanista y transcendente que uniforma al hombre y le da esa dimensión que le atribuye el ser creado a imagen y semejanza de Dios.


Formas extrañas de comprender y de entender este problema llevan a no pocos de nuestros políticos a declarar, por una parte, la guerra a la escuela privada en nuestro propio País, y por otra, a llevar a sus eximios vástagos a colegios de renombre  y a famosas escuelas privadas de los Estados Unidos de América y de Inglaterra, algunas de ellas presentes en nuestro proprio suelo patrio. ¿Clasismo, discriminación, prepotencia efecto oligárquico, presunción, soberbia, elitismo...?


Llámenlo como quieran, pues esa forma de actuar de nuestros políticos charlatanes, que se llenan la boca -y el estómago- con  la palabra “democracia”, encierra en su interior todos esos contenidos y significaciones.. Y lo hacen porque  “para eso son ellos los ‘oligarcas’, los mandamás del momento. Y porque pueden quieren y quieren porque pueden. No es un trabalenguas, es la cruda y pura realidad. ¿Es aplicable aquí aquel proverbio que dice: Hace más el que quiere que el que puede? Por mi parte lo dudo mucho. Se puede querer, pero si no se puede, no se puede y la cosa, por mucho que se la quiera hacer, termina por no ser hecha.


 Hay muchas paráfrasis, muchas interpretaciones de esta frase y muchos sintagmas nuevos que juegan con sus palabras más significativas, colocándolas diversamente. Nuestro tenista español Rafael Nadal dijo una vez en su blog personal Twitter con motivo de las visitas del control antidopaje: No hace daño quien quiere sino quien puede.



Nadal pasa un control antidoping sorpresa.

Eran las 8.30 de la mañana en su domicilio de Manacor

AS.COM  | 11/02/2012


Mensaje a Francia: "Es una campaña desde un país vecino en contra del deporte español.

No hace daño quien quiere sino quien puede", aseguró Nadal en la Cadena SER.


Pasando a otro orden de cosas  -y de violencia, teniendo siempre a la escuela como denominador común-uno se encuentra a menudo ante el desagradable problema de los “deberes” que nuestros hijos nos traen a casa. Digo «nos traen» porque son muy pocos los padres -no importa si es el padre o la madre- los que salen  indemnes de las embestidas lanzadas, de una manera o de otra, por los profesores de nuestros hijos.


Tienes que ayudarlos a a resolver los problemas de matemáticas, a completar frases de un idioma extranjero;  tienes que especificar los elementos básicos de una lectura para que pueda hacer un buen resumen de un texto literario;   tienes que repasar la gramática, la geografía y la historia para no hacer el ridículo delante de tu propio hijo -y delante del profesor mismo-. En una palabra, las tareas de tu hijo se convierten para ti en tareas propias, tuyas.


En España fue prohibido a los Profesores poner deberes a los alumnos para hacerlos en casa. En compensación se aumentó una hora el tiempo escolar, durante el cual  un maestro -o un profesor- realizaba con los alumnos diversas actividades, entre las cuales estaba la de hacer las tareas para el día siguiente, enseñarles a estudiar con provecho, seguir de forma individual a los estudiantes más necesitados, etc. Cosas estas que, a lo largo del año escolar, daban resultados aceptables.  


Todo esto se basaba en un principio psicopedagógico bastante elemental, pero que muy pocas veces ha sido puesto en práctica de manera estable y permanente: el de no llevar la escuela a casa. El ámbito familiar no debe ser -en el plano del aprendizaje de los contenidos- una prolongación de la escuela. Otra cosa es en el ámbito de la continuidad de los contenidos educacionales  y de comportamiento del niño.


 En este campo escuela y familia son complementarias, puesto que el objetivo es el mismo: La formación humana, social y de valores del hijo.  El niño debe tener un tiempo y, si es posible, un lugar para cada cosa. Mas en el horizonte sociodoméstico se asomaba imparable un  «pero». La falta de deberes para casa comportaba que el niño  pasara la tarde jugando, saltando, chillando, corriendo, etc. Y esto desencadenaba, antes o después, la ira de algún adulto de la familia o incluso de la familia de al lado.


Visto esto, los padres, aun  estando convencidos de que las tareas no se debían hacer en casa, pidieron a los maestros que pusieran a los niños deberes suaves, algo que tuvieran que hacer en casa pero que no exigiera un empeño especial, algo que evitara tensiones familiares. Por otro lado,  convenía que los niños tuvieran algo que hacer para evitar así la excesiva «teledependencia».


              

 

           La situación está bajo control. La TV es la panacea.                                Se puede constatar la tranquilidad y la paz de la casa.

            ¿ Los niños? Los aparcamos ante ella. Así no dan lata.                          ¡El aparcamiento da resultado! ¡Estupendo!      



De este modo y poco a poco, las tareas volvieron a casa como antes o peor que antes de la prohibición. Tan es así que si un niño no va bien en la escuela el profesor, sin ningún tipo de escrúpulo, acusa a los padres de no preocuparse del hijo como debieran, de no seguirlo sufficientemente, de no hablar con los profesores sobre la situación general y escolar del chico, etc. Los padres, en general, cargan con la culpa de todo esto sin dec ir ni una palabra. Luego descargan esa culpa sobre el hijo, llegando, a veces, al castigo físico.  Las expectativas, las esperanzas depositadas en los hijos se van desvaneciendo. Su fracaso escolar se vive en la casa con intensidad y angustia; los padres lo perciben como un fracaso proprio.


El tema del fracaso escolar  y de sus consecuencias llena páginas, capítulos de la historia de una violencia que no encuentra culpables para la ley, pero cuyas víctimas siguen ocupando las columnas de “sucesos” de todos los diarios, sobre todo en los períodos de evaluaciones periódicas a lo largo del año escolar y en los días de exámenes. Pienso en los suicidios de adolescentes e incluso de niños. El suicidio infantil es el punto final  de todo un  tejido sociofamiliar, expresión de algo que escapa, que es inaprensible y, al mismo tiempo, imperceptible a la simple y huidiza mirada.


No es este, ciertamente, el momento de analizar las causas de semejantes tragedias. Baste decir que son fruto de la violencia. Violencia, cuya causa próxima -tal vez  no siempre la causa remota- haya que buscarla enj la escuela. En aquel mundo en el que las expectativas y los intereses de los adultos no coinciden,l no encajan con los de los adolescentes.


Hemos de decir, a fuer de sinceros y en honor de la verdad, que no siempre son los alumnos los que sufren violencia. En ocasiones, y no pocas, son ellos los que la producen, los que generan violencia. Boicotean las materias escolares, el desarrollo de las clases y a los mismos profesores. Éstos, sobre todo si son mujeres, se convierten en blanco de sus burlas y de sus bromas de mal gusto. Estoy pensando en una profesora de inglés, que, entrando en clase, en un colegio público de  Granada, se encontró, dibujado en su mesa de cátedra, un enorme órgano sexual masculino. Naturalmente no impartió la lección aquel día. Los demás profesores del centro, en solidaridad con ella, se abstuvieron de impartir sus respectivas lecciones ese mismo día. Elevaron una protesta formal al Director del Centro, quien, a su vez, la dió curso enviándola al Ministerio de Educación y Ciencia. Más adelante, el Ministerio envió una respuesta al Director del Centro y al Claustro de Profesores, en la que se decía que  «el hecho no constituía gravedad ni transcendencia alguna; que había sido una simple y goliárdica travesura de niños(, una «chiquillada»)».  


Como puede verse, todo un tratado de psicopedagogía escrito por la Institución Ministerial de (mala) Educación y (peor) Ciencia. ¿Cómo puede llegarse a un nivel tan bajo de permisividad y de exculpación de un hecho tan evidentemente sórdido, escuálido y deseducador? ¿Acaso no es esto violencia también?


No es el caso de exponer  aquí en toda su dramática amplitud, el problema de la droga  y sus conexiones con el mundo de la escuela, al menos durante el período de iniciación al consumo de la misma. Pero sí que es el caso de recordarlo y hacer un llamamiento a la reflexión sobre él, ya que sigue azotando desde hace años nuestras escuelas, nuestras aulas, a nuestros hijos, sin que se llegue a una verdadera solución. Nuestros adolescentes constituyen para los narcotraficantes los miniconsumidores de una amplísima gama de sustancias dopantes, cada vez menos miniconsumidores, que un día, más cercano que lejano, van a constituir esa enorme masa de drogadictos, que con su forzoso consumo diario y su desembolso pecuniario, diario también, pasa a cebar y engordar las arcas de unos pocos narcotraficantes. Grandes imperios económicos de unos cuantos que han provocado y siguen provocando grandes bolsas de miseria, desgracia, pobreza de muchos.


Sangre y lágrimas de una sociedad que no es capaz de levantarse de su postración y menos aún de liberarse de ese lastre de corrupción, violencia y crimen en el que se encuentran sumergidos e implicados muchos de sus más sobresalientes representantes, dirigentes, orientadores y consejeros, colocados por las Instituciones en puestos clave para el funcionamiento de los múltiples y polifacéticos Centros, Academias, Corporaciones, Fundaciones, Sociedades, Patronatos, Asociaciones, Federaciones deportivas, etc. etc.


Antes de terminar estas reflexiones, estas concisas consideraciones, quisiera aludir, aunque sea muy sumariamente, a otras dos o tres formas de violencia que van muy unidas al mundo de la escuela y que implican, en algún caso, sectores diversos de la sociedad. Soy consciente de la existencia de muchas otras formas de violencia escolar que, lamentablemente quedarán, no digo olvidadas, pero sí intocadas, un tanto marginadas, en esta conferencia. Espero encontrar el momento y el lugar para desarrollarlas como se merecen.


En primer lugar, nos encontramos con las (falsas?) ilusiones de los padres sobre el futuro de sus hijos, futuro que se va construyendo, forjando ya, lógicamente, en la escuela. Esta esta fábrica de ilusiones -más para los padres que para los hijos- fomenta, despierta, atiza sus viejos deseos no realizados, antiguas ilusiones fallidas por una causa o por otra.


            Los adolescentes, sobre todo, que son los que más perciben la situación, sufren, en estos casos, un cierto tipo de presión, de violencia enmascarada, a veces palmaria, tangible, no siempre inconsciente por parte de los padres, que no es otra cosa que la proyección de sus añejos deseos de conseguir triunfos y éxitos. Triunfos y éxitos que la vida les negó a ellos por las razones que fueran. Se produce una especie de identificación al revés. El padre -o la madre- por decirlo de alguna manera, entra en el hijo. Lo impregna de sí. De tal manera que el niño puede llegar a convertirse en un muñeco a merced de los padres, de sus intereses, de sus caprichos y de sus deseos inconfesados. Lo que para el adolescente es casi un juego, para sus padres es algo vital.


El hijo no sabe, no es plenamente consciente, de que actúa, sin saberlo y sin quererlo,  «in persona genitorum»; que no es él mismo; que se está comportando de una manera despersonalizada o casi; que es usado por sus mismos padres -o por uno de ellos- como un instrumento para salir -en caso de lograr lo que se proponen- de una clase social con la que no se identifican, y pasar a otra colocada más arriba, que es superior, llena de protagonismo, y sobre todo de dinero. El muchacho que alcanza el éxito en este campo y de esta manera termina por ser, en cierto modo, ‘diverso’. El que fracasa queda ‘marcado’.


Tanto el uno como el otro tienen necesidad de ayuda para permanecer en su proprio mundo infantil, para crecer al ritmo de su edad, para no madurar ni antes ni después del momento justo, de su momento; para ser ellos mismos y no la imagen de otro;  para no ser ‘violentadores’ con sus comportamientos -ciertamente extraños y no naturales en ellos, pues son comportamientos inducidos por sus padres- de sus propios coetáneos y amigos, y para no contribuir a que otros chavales se conviertan en sujetos acríticos de actitudes, violencias y presiones parentales.


Conviene no olvidar que, para los niños y adolescentes, la familia, la escuela, el juego, los amigos, el deporte, las diversiones en general, forman parte, son su ambientenatural, tanto en la aldea como en la ciudad. E·$s vivido todo ello como un juego, que en el fondo, para el niño, es como su propio trabajo, sólo que lo vive, lo realiza como algo muy divertido y gratificante. Yo diría que el juego en el niño es, como el comer, absolutamente  imprescindible. Es considerado algo instintivo y absolutamente necesario para su evolución humana en todos los aspectos.


La importancia del juego en el desarrollo de los niños y de las niñas es innegable. A mi entender resulta clave para el desarrollo de muchas habilidades, desde las de tipo cognitivo hasta las de tipo social y comunicativo. Los primeros juegos son intercambios entre personas, a veces muy sencillos pero que fortalecen los vínculos afectivos y sientan una primera base para la comunicación. Más adelante empiezan a representar situaciones cotidianas que ayudan a desarrollar el lenguaje a través del simbolismo, al mismo tiempo que contribuyen a adquirir valores y formas de interacción.


Aunque en estos puntos ya secundan el desarrollo cognitivo, más adelante, con los juegos de ingenio, también se desarrolla la cognición y se posibilita la realización de habilidades intelectuales de carácter muy destacado como la impulsividad y la planificación. Al mismo tiempo los juegos nos permiten iniciarnos en las normas, en las reglas “del juego” cuyo respeto y observación va a resultar clave en el desarrollo personal y sobre todo social del ser humano. No se puede pasar por alto tampoco  la importancia que tiene el juego en nuestro desarrollo físico con los deportes y/o los juegos de acción.


       


Los juegos infantiles van desarrollando poco a poco las necesidades de socialización del los niños, hasta convertirse en actividades de grupo en el que la suma de individuos es imprescindible. En el juego queda reprersentada la interacción futura de la vida social.


Aludimos, en segundo lugar, a la violencia sexual. Se constata que en la escuela, los más implicados suelen ser precisamente los docentes, los educadores, los bedeles, y en general el personal adulto que trabaja en las instituciones escolares. En un pasado no muy remoto -lo cual quiere decir que, aunque de manera menos habitual, sigue ocurriendo también en el día de hoy-  este tipo de contactos, especialmente en la enseñanza media y superior, servían más bien para pasar exámenes, sobre todo para las chicas. No se trataba, pues, de niñas de 12 años o menos, como sucede ahora, sino de universitarias  o de estudiantes de enseñanza media.


Hoy se conocen muchos más casos que en el pasado. El honor, el deshonor y los tapujos y encubrimientos de estos actos considerados altamente deshonrosos han dado paso a formas más prácticas de comportamiento. En la actualidad han tomado el puesto del honor -que no por eso debe dejar de ser muy tenido en cuenta, pues es un derecho individual y hasta familiar- la obligación del respeto mutuo, la justicia, la igualdad de todos los seres humanos, sin distinción de sexo, raza, edad o religión, los derechos fundamentales del hombre, la protección del individuo por parte de la ley y de sus tutores contra todo tipo de violencia, incluida lógicamente la violencia sexual. Y esto, a mayor razón, cuando los seres humanos abusados son no sólo inocentes e indefensos, sino necesitados y dependientes de sus propios abusadores.


La denuncia se hace hoy más fácilmente y con mayor responsabilidad.  No obstante, el niño sigue siendo el anillo más débil de la cadena social; el más expuesto a los abusos del adulto, comprendidas también  amenazas, violencias de todo tipo, malos tratos e incluso torturas y explotación laboral. El niño no deja de ser presa fácil y deseada del consumismo, de la droga, de aviesos intereses, de la pornografía, de la trata de blancas, de la delincuencia organizada... etc. Todo esto tiene ya sus comienzos en la escuela y sus alrededores, donde la inexperiencia y sobre todo la inocencia de los niños son diabólicamente aprovechadas por personas sin escrúpulos y por organizaciones perversas cuyo único objetivo es acumular riquezas aprovechándose de la ingenuidad e indefensión de la infancia.


Por último, vamos a hacer mención, sumaria también -pues de todo esto se ha dicho y escrito mucho aunque se haya hecho poco, muy poco-, de otro tipo de violencia escolar que se hace cada día más común e insistente. A pesar de lo desagradable y traumatizante que resulta para los que la padecen, las autoridades y las instituciones sociales, de seguridad y escolares parece que no la toman muy en serio, a pesar de que producen, a veces, efectos devastantes, como suicidios, pues no ponen los remedios necesarios para aislarla y erradicarla del contexto socio-escolar en que suele manifestarse. Me refiero a la forma de agresión denominada  «Acoso Escolar», considerada “cosa de chavales”, una “chiquillada” inevitable y pasajera por los responsables de las instituciones escolares.


El «Acoso Escolar» suele definirse como un continuado y deliberado maltrato verbal o modal que recibe un niño por parte de otro u otros, que se comportan con él cruelmente con el objeto de someterle, amilanarle, intimidarle, amenazarle u obtener algo mediante chantaje y que atenta contra la dignidad del niño y sus derechos fundamentales. Es también cualquier forma de maltrato psicológico, verbal o físico producido entre escolares de forma reiterada a lo largo de un tiempo determinado.


El acoso escolar (también conocido como hostigamiento escolar, matonaje escolar, matoneo escolar o por su término inglés bullying) es cualquier forma de maltrato psicológico, verbal o físico producido entre escolares -a veces también de parte de adultos, sobre todo profesores-, de forma reiterada a lo largo de un tiempo determinado. A juzgar por las estadísticas, el tipo de violencia predominante es el emocional y se da mayoritariamente en el aula y patio de los centros escolares. Los protagonistas de los casos de acoso escolar suelen ser niños y niñas en proceso de entrada en la adolescencia (12-13 años), siendo ligeramente mayor el porcentaje de niñas en el papel de víctimas. El Acoso escolar es la forma más característica y extrema de violencia escolar.


         El acoso escolar está considerado también como una especie de tortura, metódica y sistemática, en la que el agresor sume a la víctima, a menudo con el silencio, la indiferencia o la complicidad de otros compañeros.

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Este tipo de violencia escolar se caracteriza, pues, por una reiteración encaminada a conseguir la intimidación de la víctima, implicando un abuso de poder en tanto que es ejercida por un agresor más fuerte que aquella (ya sea dicha fortaleza real o percibida subjetivamente). El sujeto maltratado queda, así, expuesto física y emocionalmente ante el sujeto maltratador, generándose como consecuencia una serie de secuelas psicológicas; es muy común que el acosado viva aterrorizado con la idea de tener que ir a la escuela y mostrarse muy nervioso, triste y solitario en su vida cotidiana. En algunos casos, la dureza de la situación puede acarrear pensamientos sobre el suicidio e incluso su materialización, consecuencias propias del hostigamiento hacia las personas sin limitación de edad, ya que no son infrecuentes estos casos extremos.
El objetivo de la práctica del acoso escolar es intimidar, apocar, reducir, someter, aplanar, amedrentar y consumir, emocional e intelectualmente, a la víctima, con vistas a obtener algún resultado favorable para quienes acosan o satisfacer una necesidad imperiosa de dominar, someter, agredir, y destruir a los demás; situación esta en la que los acosadores se presentan como un patrón, como un modelo predominante de relación social con respecto a los demás.
Se puede decir que este tipo de violencia por acoso encuentra a menudo una forma de canalizarse socialmente, materializándose en un mecanismo conocido de regulación de grupos en crisis: el mecanismo del chivo expiatorio. Destruir al que no es seguidor, al que se resiste, al diferente, al que sobresale académicamente, al imbuido de férreos y profundos principios morales, etc.
Los profesores Iñaki Piñuel y Zabala y Araceli Oñate[12] han descrito hasta 8 modalidades  de  acoso  escolar, con  la  siguiente incidencia entre las víctimas:
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Bloqueo social (29,3%)
Hostigamiento (20,9%)
Manipulación (19,9%)
Coacciones (17,4%)
Exclusión social (16,0%)
Intimidación (14,2%)
Agresiones (13,0%)
Amenazas (9,1%)
Veamos brevemente en qué consiste cada una de estas modalidades de acoso escolar o bullying:
1.- Bloqueo social. Reúne en sí las acciones de acoso escolar que buscan bloquear socialmente a la víctima. Todas ellas buscan lo que se denomina aislamiento social y la marginación del sujeto impuesta por estas conductas de bloqueo.
Ejemplos de ello son las prohibiciones de jugar en un grupo, de hablar o comunicar con otros, o de que nadie hable o se relacione con é. Son indicadores que señalan un intento por parte de otros de quebrar la red social de apoyos del niño. Se incluye dentro de este grupo de acciones el meterse con la víctima para hacerle llorar.
Esta conducta busca presentar al niño socialmente, entre el grupo de iguales, como alguien flojo, indigno, débil, indefenso, estúpido, llorica, etc. Es una modalidad muy difícil de combatir en cuanto es una actuación con frecuencia invisible y que no deja huella. El propio niño no identifica más que el hecho de que nadie le habla o de que nadie quiere estar con él o de que los demás le excluyen sistemáticamente de los juegos.
2.-  Hostigamiento. Aglutina todos aquellos comportamientos de acoso escolar que se basan en acciones de hostigamiento y acoso psicológico que manifiestan desprecio, falta de respeto y desconsideración por la dignidad del niño. El desprecio, el odio, la ridiculización, la burla, el menosprecio, los motes, la crueldad, la manifestación gestual del desprecio, la imitación burlesca son los indicadores de esta escala.
3.-  Manipulación. Agrupa aquellas conductas de acoso escolar que intentan distorsionar la imagen social
del niño y “envenenar” a otros contra él. Con ellas se trata de presentar una imagen negativa, distorsionada y
con una carga de excluyente negatividad de la víctima. Se cargan las tintas contra todo cuanto hace o dice la
víctima, o contra todo lo que no ha dicho ni ha hecho. No importa lo que haga o no haga, todo es utilizado y sirveve para inducir el rechazo de para inducir el rechazo de otros.
4.-  Coacciones.  Se refiere a aquellas conductas de acoso escolar que aspiran a que la víctima realice acciones contra su voluntad. Quienes actúan asídesean ejercer un dominio y un sometimiento total de la voluntad del niño.
El que la víctima haga esas cosas contra su voluntad proporciona varios beneficios a los que fuerzan o tuercen esa voluntad, sobre todo poder social. Los que acosan son percibidos como poderosos, en especial por todos aquellos que presencian el doblegamiento de la víctima. Con frecuencia las coacciones implican que el niño sea víctima de vejaciones, abusos o conductas sexuales no deseadas, que debe mantener en absoluto silencio y secreto por miedo a las represalias sobre sí o sobre sus hermanos.
5.-  Exclusión social. Alude a las manifestaciones de acoso escolar que buscan excluir de cualquier tipo de participación en algo al niño acosado. El “tú no”, es el centro de estas conductas con las que el grupo acosador segrega socialmente al niño. Al ningunearlo, tratarlo como si no existiera, aislarlo, impedir su expresión, impedir su participación en juegos, se produce el vacío social en su entorno, sensación no solo de aislamiento del sujeto, sino también de boicot, destierro y soledad, situaciones que llegan a excavar un vacío tan profundo en el niño que a veces desemboca en tragedia, en suicidio...
  
         Acoso escolar: Bloqueo social, hostigamiento, manipulación, coacciones , exclusión social, intimidación, agresiones y amenazas
6.- Intimidación. Hace referencia a quellas conductas de acoso escolar que persiguen amilanar, amedrentar, apocar o consumir emocionalmente al niño mediante una acción intimidatoria. Con ellas quienes acosan buscan intimidatorio, acoso a la salida del centro escolar.
7.-  Agresiones.  Alude claramenter a las agresiones de tipo físico, que es la manifestación y expresión material de aquellos elementos intencionales del acosador hacia su víctima, que, cuando le viene en gana, pone en acto para demostrar de manera palpable su dominio sobre el sujeto dominado. Las agresiones, siendo físicas, se aplican  para inducir el miedo en el niño. Sus indicadores son acciones de intimidación, amenaza, hostigamiento físico, subyugar y aplastar algún conato de “sublevación” de parte del acosado. ¿¡Cómo se atreve este mocoso a sublebarse!?
8.-  Amenazas. Reúne las conductas de acoso escolar que pretenden amilanar mediante las amenazas contra la integridad física del niño o de su familia, o mediante la extorsión. Puede definirse como la dimensión sociofamiliar de las agresiones cuando éstas no surtieran el efecto deseado por el acosador.
Yo daría aquí por concluido el tema de esta conferencia-artículo periodístico. Es mucho lo que se ha escrito y, dado que es un fenómeno que no sólo no disminuye, sino que aumenta, es mucho también lo que se sigue investigando y escribiendo sobre  él. Esta temática tiene un defecto grave por parte de las Instituciones Estado, Parlamento, Gobierno, Magistratura, etc., tanto en nuestro País como en otros muchos Países del denominado  (¡Qué burla!) Primer Mundo. Me refiero a la falta de protección de los menores, víctimas involuntarias de esta y otras violencias. Su indefensión por parte de las autoridades  hace que el citado fenómeno de la Violencia Escolar.
Parece, no obstante, que van cambiendo las cosas, lentamente, pero van cambiando. Las autoridades parece que van saliendo ya del sopor y de la indiferencia. Y es que se van dando cuenta que no se puede confundir el acoso escolar con una chiquillada, actitud e interpretación muy socorrida por parte incluso de los mismos profesores.
Antes de pasar a cerrar estas cuartillas con un breve epílogo, me voy a permitir aludir, sólo aludir, a otro tema que, por la sutilidad de su violencia, en la que entran en juego de manera fundamental los adultos, no es tomado en consideración en su debida dimensión. Yo diría que se legaliza este tipo de violencia so capa de contribuir a un desarrollo más equilibrado, “científico” (esta palabra la han proferido hasta eximios profesores de universidades españolas de medicina, y en facultades de sociología, psicología y antropología), más social, comunitario... y muchas cosas más. El tema al que me refiero es conocido como «Educación sexual infantil»[13].
Sexualidad infantil
Hasta hace poco, afirma nuestra autora, se consideraba a los niños seres asexuados. Sin embargo, la sexualidad se inicia en el momento de la fecundación y termina con la muerte.
Mucha gente todavía no se atreve a hablar abiertamente de la sexualidad; en numerosas ocasiones, desgraciadamente, continúa siendo un tema tabú. Pero la realidad es que la sexualidad se desarrolla a lo largo de nuestra vida a través de un proceso evolutivo[14].
Se han establecido cinco etapas por las que atraviesa el desarrollo psicosexual infantil:
1.      Desde la fecundación hasta el momento del nacimiento
2.      Desde el nacimiento hasta los 18 meses
3.      De los 18 meses hasta los 3 años
4.      De los 3 a los 5 años
5.      De los 6 hasta el inicio de la pubertad
(¿No se percibe claramente un absurdo y absoluto pansensualismo de la evolución y de la vida del ser humano? Me pregunto y les pregunto a ustedes. Hablaremos de ello).
Sexualidad infantil   (Morguefile)
Objetivos de la educación sexual
Se dan todas las razones habidas y por haber para justificar la necesidad de implantar la educación sexual en las escuelas, insistiendo, por ejemplo, que el principal objetivo  de la «Educación sexual infantil» es ayudar a nuestros hijos a que sean más felices y mejores personas.
Que es importante conseguir que la sexualidad se perciba como una dimensión positiva de nuestra personalidad que va a acompañarnos toda la vida, evitando así la represión que tanto daño suele hacer.
Hay que afrontar la sexualidad desde la propia vivencia, asumiendo las diferencias y los cambios que se van produciendo en el desarrollo de forma natural, sin que dichos cambios originen problemas.
Es preciso fomentar la conciencia de igualdad para evitar la discriminación, haciendo hincapié en que un sexo no es mejor que otro, recalcando que tanto los hombres como las mujeres tenemos los mismos derechos.
Es preciso ofrecer información científicamente contrastada que sustituya prejuicios, creencias erróneas y miedos por conocimientos y conceptos ciertos.
También es fundamental inculcar responsabilidad. En sexología hay cuatro conceptos fundamentales, que son: el respeto, la tolerancia, la ética y la responsabilidad.
Los padres son reacios a la educación sexual
Muchas personas reducen el concepto de sexualidad a genitalidad y esta ecuación es errónea. Hay que saber que la conducta sexual no solo depende de los genitales, también reside en el cerebro. No olvidemos que la sexualidad es una faceta más de la personalidad de los niños, que conviene formar. Comprende el nivel biológico, psicológico, social y antropológico entre otros.
Masters y Johnson afirmaban que la mayoría de los problemas sexuales provienen de la falta de información y educación sexual. Y se ha demostrado que, en los países que incluyen en su sistema educativo la educación sexual, se reducen los embarazos no deseados y las enfermedades de trasmisión sexual.
 Cuándo conviene comenzar la educación sexual
Somos seres sexuados desde que nacemos; la sexualidad es algo implícito en nuestras vidas.
Desde que el niño nace los padres, sin saberlo, comienzan a proporcionar educación sexual.
Se educa con los abrazos, las caricias, las muestras de afecto: los mimos son determinantes. Se ha demostrado que cuando un niño no es suficientemente acariciado y querido durante su infancia, su desarrollo psicomotor es más lento, la fluidez verbal es menor y desarrolla mayor hostilidad y agresividad.
Cuando se estrecha a un bebé entre los brazos está aprendiendo a querer y a ser querido, a expresar emociones y a reconocer las ajenas; esto hace que el niño se sienta más seguro, confiado y su afectividad se desarrollará más fácilmente.
Cómo abordamos las diferencias
Hacia los dos años, la mayoría, aunque no sean capaces de decirlo, ya se identifican a sí mismos como niño o niña. Se dan cuenta de que el pertenecer a uno u otro sexo no significa lo mismo en nuestra cultura. Cuando el niño o la niña aprecien que son diferentes a su hermanito o hermanita, la diferencia siempre hay que abordarla desde el tener: las niñas tienen vulva y los niños tienen pene, pero los dos tienen. Lo que no podemos tolerar es que piensen que un sexo es mejor que otro.
Como he dicho en otro lugar, este es un tema delicado que merece un largo y pormenorizado artículo de investigación y de clarificación. Ante ciertas afirmaciones queda uno sumamente perplejo. La razón es la siguiente. El niño, sobre todo en las fases iniciales de su evolución psicofísica es un sujeto muy difícil de encajar en unos parámetros preestablecidos, pensando que son los adecuados para esa investigación, concretamente para la correspondiente a la sexualidad infantil.
Creo que quedan abiertos muchos interrogantes y marcadas muchas veredas para adentrarse cada cual según sus prioridades en este campo. Hay un peligro que no se debe infravalorar. Me refiero a la proyección personal en la exposición de un tema del que todos nos consideramos depositarios de una experiencia tal que nos permite no sólo opinar, sino dictaminar, afirmar rotundamente lo que decimos al respecto. En esto se puede pasar del rigorismo y a la estrechez más rotunda de horizontes, hasta la relajación, la permisividad, el estímulo y el cultivo de una naturalidad que está muy fuera de los cánones de la decencia y del buen gusto, provocando en el adolescente impulsos que, dada su escasa madurez y experiencia vital, así como de una normativa y educación ccon modelos de referencia,  le llevan a cometer tropelías y violencias hacia las compañeras de clase o vecinas de casa.
Sigmund Freud, el padre del Psicoanálisis, estudió la sexualidad infantil detenidamente, llegando a la conclusión de que todo acto realizado por el niño entra en la esfera de lo sexual, pues el niño busca el placer, lo placentero en todo lo que hace, desde alimentarse del seno de la madre, tocarla la cara, recibir besos, caricias, hasta la sensación de placer que produce la defecación. De ahí pasa a los inocentes tocamientos de sus propios órganos sexuales o cualquier parte de su cuerpo, recorriendola con sus manos en plan de exploración de su ser corpóreo. En una palabra, todo es sexualizado, sensualidad, sensualismo.
 Eso lo afirman, desde el “descubrimiento” de Freud, numerosos autores y especialistas. Pero ninguno ha distinguido realmente lo que es sexual y que, como tal se define porque tiene que ver con lo que todos entendemos por sexo, tanto en el varón como en la mujer, y lo que produce placer en general, tanto en sentido material, como la satisfacción de una buena comida, o en sentido espiritual, intelectual, que conlleva una buena lectura, una obra proyectada y acabada, una relación de verdadera amistad, el placer de pensar, descubrir, ampliar los horizontes del saber, etc. ¿O también hay que considerar todo esto sexo? A mi modo de ver, el instinto de conservación o supervivencia y el de reproducción, con las pasiones que pueden provocar, son claramente distintos tanto en sus ojetivos como en su realización práctica. Pero no es el caso de adentrarnos en los meandros de una materia que nos llevaría muy fuera de nuestros propósitos.
Hay una cosa que no conviene perder de vista... la implantación en las escuelas de la Educación sexual. No vale la pena descender a detalles. Baste decir que todo ello está sujeto a las ideologías políticas predominantes.  En  aras de la progresía, de la igualdad (Iguales en qué? ¿Diferentes en qué?), de la necesidad de que los chavales vivan una vida feliz, satisfecha, llena de estímulos gratificantes... el socialismo y demás izquierdas han impuesto sus cánones, sus parámetros de conducta y de pensamiento único, sujetos a la expresión concreta de lo sexual. Hsaste se han permitido elo lujo de avanzar propuestas de colocar máquinas distribuidoras (gratis) de condones o preservativos en las escuelas medias y superiores y en lugares asequibles a los adolescentes pòr la cercanía a sus lugares de diversión, como puede ser la plaza del “botellón” para “evitar embarazos” . Como se ve el estímulo a la promiscuidad y a la celebración de orgías no puede ser más evidente.
Se han descuartizado las más elementales normas de moral y de ética humanas.Y no es necesario dar a la moral la dimensión religiosa su lugar en esta materia para darse cuenta de que, aun prescindiendo de los valores religiosos, esta orientación ideológica de la sexualidad humana va contra todo lo más elemental de lo que se puede considerar adecuado comportamiento humano, cuya corrección y bondad debe ser inculcadas en los niños y adolescentes en una acción compartida familia-escuela sin más imposición que la que marca la ley natural, los derechos fundamentales del hombre y la moral, incluida la moral religiosa allí donde los padres la soliciten  y la sociedad la viva secularmente según tradición y vida comunitaria de signo religioso.
¿Y saben otra cosa?  Los defensores del pensamiento único -dictadura intelectual del socialismo y otras izquierdas de no menor maldad y vileza-, lo que que pretenden y codician no es otra cosa que la de preparar con estas concesiones liberales y progresistas a la población, adulta en un futuro bastante próximo, para que les den el voto en las elecciones generales. No les interesan las consecuencias de su bárbara barrabasada, lo importante es el sufragio, el escaño en el Parlamento, y como consecuencia el poder (la corrupción), la riqueza, los cambalaches legales, las influencias y las recomendaciones.  Se realiza plenamente aquella frase del poeta latino Juvenal, del siglo I de nuestra era, quien, en su Sátira X (81) dijo:  «Panem et circenses»= Pan y juegos de circo.
En su origen, esta frase describía la costumbre de los emperadores romanos de regalar trigo y entradas para los juegos circenses (carreras de carros y otros) como forma de mantener al pueblo distraído y alejado de la política. Equivale en la actualidad a «pan y toros», «pan y fútbol», «pan y diversión», etc.
                     
Pan y circo en el Colisseo Romano,  s. I             Estadio Santiago Bernabéu, s. XXI                  Cristianos carne de circo y de leones s. I
Hoy añadiríamos a la palabra política: y sus trapicheos de baja y mala ralea y no mejores intenciones. Sólo que en tiempos de César Augusto se refería fundamentalmente al mundo adulto. En nuestro caso, en cambio, va dirigido este aturdimiento sexual de manera depravadora, degenerante y envilecedora, a un mundo de irresponsables e irreflexivos adolescentes (¿niños también?). La historia y la inteligencia humana, con sus  momentos de lucidez y sus personajes de gran calado moral, ético e intelectual, humano y de honradez, harán justicia y pondrán las cosas y las ideas malsanas en su justo lugar, que no es otro que el olvido. Pero hay un “pero”. ¿Y el daño que han hecho y están haciendo? Dios proveerá. Su justicia va pareja con su misericordia. Y los inocentes, inducidos por mentes mal intencionadas, alcanzarán misericordia.
Epílogo
El acoso escolar, y con esto termino, se diferencia de las chiquilladas e, incluso, de las agresiones esporádicas, tan comunes entre los niños y las niñas, porque va dirigido siempre hacia un mismo sujeto y dura en el tiempo, a veces algunos años. No tiene por qué tratarse siempre de agresiones físicas. El acoso psicológico, mental y que anula hasta la voluntad de la víctima, como los insultos, las amenazas, los chantajes, las burlas,las mofas, etc.constituyen parte integrante del acoso. Y por último, no perdamos de vista que el agresor o los agresores, el acosador o los acosadores forman también parte integrante del acoso, una parte fundamental, la parte más oscura, tenebrosa, maligna y diabólica de este fenómeno humano, que de todo tiene menos de natural y humano.
El ser conscientes de la incidencia en la infancia y adolescencia de todos los fenómenos de violencia escolar y sus alrededores, a que nos hemos referido, hace que los males que puedan provocar sean menores pues estaremos más alertas y vigilantes para dominarlos y atajarlos en su raíz, en su origen, en el momento del brote de tales fenómenos.
El niño, al que no podemos ni debemos considerar un adulto en miniatura, tiene derecho a ser feliz a su manera; a jugar, a estudiar, a vivir una vida a medida de niño, a descubrir su propio Mediterráneo, con la ayuda discreta de la familia, de la escuela, del Maestro, del adulto, pero con sus propios medios y en el momento adecuado, siguiendo un proceso natural, no manipulado ni apresurado. El niño y el adolescente deben ser iguales a sí mismos. Deben responder a su propia definición, sin impulsos forzados, esfuerzos impuestos ni violencias.

Dr. Guillermo Martín Rodríguez



[1].- Esto lo escribía yo en el año 1989. Hoy, enero del 2004, 15 años después, las cosas ya no son así. Hoy los maestros se encuentran entre la espada y la pared. Es decir entre las poderosas asociaciones de Padres de Alumnos, apoyados en las normas ministeriales, y el mismo Ministerio de Educación, Cultura y Deportes. Los alumnos son intocables físicamente. Una bofetada, aunque sea leve, un castigo físico mínimo, no digamos si es un castigo importante, puede costar al enseñante, al maestro, incluso la carrera. Esto hace que el maestro se desentienda de una educación un poco severa o rigurosa, pues a la mínima discusión o regañina al alumno, éste le puede denunciar a los padres o a la autoridad competente. De esto habría mucho que hablar. Se ha realizado un desenfoque total de la figura del maestro en su relación con el alumno. Ni una severidad medieval, ni tampoco una relajación y un permisivismo tan relativista que cada uno, en especial el alumno, haga lo que le parezca sin un control fuerte y educativo, pues el árbol se endereza de pequeño, no cuando es un árbol grande y de tronco duro, imposible de doblegar o de enderezar. Algunas cosas de las que aparecen en este escrito han sido añadidas en el verano del 2012. Ha habido cambios y progreso, avances y anquilosamientos. Si quisiéramos resumirlo en pocas palabras podríamos decir que el progreso y los avances, en muchos casos, han seguido los caminos y las tortuosas veredas de los cangrejos. Desde aquellas fechas de la década de los 80 mucha agua ha pasado bajo los puentes del Tíber. Han aparecido palabras  como mobbing escolar, que no es otra cosa que el ya conocido acoso escolar. O el bullying que se refiere más bien a una forma de conducta más agresiva y con intención de hacer daño, pero siempre tiene que ver con el acoso escolar. Termino aludiendo a la «Educación sexual infantil», tema muy delicado, pues se tiende a sexualizar todo tipo de actividad en la infancia, comenzando a despertar en el niño apetencias, deseos e impulsos lejanos aún de su puesta en acto por su desarrollo psicofísico y mental. El instinto de conservación de la especie está aún muy lejos de ser sentido naturalmente por el niño. Este tema, además de requerir en su tratamiento una delicadeza extrema, necessita de un tiempo pausado, ser muycomedidos y dejarse llevar por lo niños mismos que son quienes con sus preguntas, nos van marcando los tiempos en que se manifiestan sus exigencias de conocer todo lo refrerente al sexo y sus funciones. Estas son mis añadiduras.
[2] .- Se trata del III Congresso Internazionale : Violenza all’Infanzia: Che fare. Promovido por la Revista Psicologia Sociale y celebrado en el Hospital Fatebenefratelli – Isola Tiberina – Roma, los días 27-29 de mayo de 1988. Las Actas del citado Congreso fueron publicadas en la misma Revista, Año III.1 – N. 1-1º Trim. 1989. Esta conferencia ocupa las páginas 21-24. En la publicación no lleva fotos.
[3].- REAL ACADEMIA ESPAÑOLA, DICCIONARIO DE AUTORIDADES,  EDICIÓN  FACSÍMIL - Editorial Gredos, MADRID, 1979- de la obra DICCIONARIO DE LA LENGUA CASTELLANA, publicada en el año 1726 por la ACADEMIA ESPAÑOLA. Cfr. La entrada «Maestro».
[4].-  Cfr. Juan COROMINAS, Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, 3ª Ed. Editorial Gredos, Madrid 1983, bajo la voz ‘profesar’ pág . 477.
[5] .- Cfr. o.c. íbidem.
[6] .- Filósofo, traductor, profesor universitario. Tras una conversión laboriosa y muy costosa espiritualmente para un filósofo que se definía ateo, el profesor García Morente se ordenó de sacerdote en Madrid en 1940. Nació en Arjonilla (Jaén) en 1886 y falleció en Madrid el 7 de diciembre de 1942. En él coincidieron el hombre, el maestro, el humanista y el profesor.
[7] .- Cfr. Diccionario Enciclopédico SALVAT, 10ª Ed. Salvat Editores, Barcelona, 1962, bajo la entrada correspondiente.
[8] .-  Don Alfonso Querejazu Urriolagoitia nació en Sucre, Bolivia, el 3.6.1900, de padres españoles. Su padre, D. Canuto Querejazu, era Cónsul de España en Sucre. Profesor en la Universidad Central de Madrid en 1926. En 1933 es nombrado Representante de Bolivia ante la Sociedad de Naciones en Ginebra. Entra en el Seminario de Ávila en 1940. Ordenado sacerdote en 1942. Desde el 1.10.1943 es profesor de Hª de la Filosofía y de Hª de la Cultura en el Seminario abulense. El año 1970 es el último curso que da clases en el Seminario. El 23.05.1951 se celebran en Gredos las primeras «Conversaciones Católicas». Muere el 22.04.1974. Está enterrado en el Cementerio de Ávila. La única palabra que en su lápida acompaña a su nombre y a las fechas de nacimiento y muerte es la palabra SACERDOTE. Muy  cerca de él fue enterrada luego mi madre: Justa Rodríguez Méndez. De Don Alfonso y de lo que significó para mí, hablo ampliamente en mi blog Aravalle. Se encuentra en esta dirección: www.martindelrioaravalle.blogspot.com/
[9] .- Cfr. Alfonso QUEREJAZU URRIOLAGOITIA, Historia de la Cultura, Apuntes de clase. Mecanografiados. Ávila 1951, pp 2-10.
[10] .- Íbidem.
[11].- MIGUEL DE CERVANTES  SAAVEDRA. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Edición Cultural dirigida por Andrés Amorós. Ediciones SM, MADRID 2005.  2ª Parte. Cap. XXXVI, pág. 634. La frase aludida y que he subrayado hay que interpretarla según la tradición como que  ‘no se consigue nada valioso sin sufrimiento’: refrán que se aplicaba a los niños, y cuyo uso por parte de la Duquesa es en este caso, aplicada a Sancho Panza, claramente irónico. Cfr. también Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Barcelona: Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores, 2004, I, 1015-1016.
[12] .- Cfr. PIÑUEL, I. y  OÑATE, A. (2007) Acoso y Violencia Escolar en España: Informe Cisneros X, Madrid, 2007, IIEDDI, ISBN: 978-84-611-4842-4.
[13].-  Dado que es mucho lo que hay escrito sobre este tema y yo no lo voy a tocar más que muy someramente, voy a seguir un artículo de Aurora del Prado Romero, publicado en http://suite101.net/. Ella se presenta a sí misma de esta manera: «Mi nombre es Aurora del Prado Romero, soy psicóloga y sexóloga. Colaboro en prensa, radio y televisión. También paso consulta en Madrid y en Collado Villalba».
[14].- El subrayado es mío. Lo he hecho porque ese es el principio fundamental de la educación sexual infantil, ya que es el propio niño quien a través de su evolución psíquica, intelectual y física va planteando problemas de todo tipo, entre ellos los de la sexualidad y procreación humana.  Es  por tanto el niño quien va pidiendo aclaraciones lo cual quiere decir que no hay por qué adelantar acontecimientos ni forzar a la naturaleza y a la inteligencia del niño para que adelante conocimientos para los que aún no está preparado, creando en él confusión y en casos más extremos, traumas y curiosidades que no favorecen su desarrollo, sobre todo mental, psíquico y físico.

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